En la ciudad de Campana, en plena antesala de un nuevo proceso electoral sindical, los hechos empiezan a hablar más fuerte que los discursos. En la sucursal de Carrefour Campana, lo que debería ser un conflicto laboral a resolver colectivamente se transformó, una vez más, en un laboratorio de las prácticas más viejas de la gerencia sindical: arreglos individuales, despidos disciplinadores y un intento evidente de frenar la organización de los trabajadores.
Durante los últimos días, dos trabajadores —Yonatan Castillo y Elina García— fueron conducidos a “arreglos” por Martin Vergara miembro de la lista Blanca y por fuera de toda representación legítima. No se trató de una decisión libre ni transparente, sino de un mecanismo conocido: aislar, negociar en silencio y sacar del conflicto a quienes pueden incomodar. Lo más grave es que estas gestiones fueron realizadas por referentes de la Lista Blanca, un espacio que hoy no representa a los trabajadores del establecimiento, pero que sigue operando como intermediario funcional a la empresa.
El hecho no es aislado ni casual. Incluso se llegó al extremo de derivar a trabajadores al SECLO sin el aval del delegado legítimo del lugar de trabajo, una práctica que vulnera la libertad sindical y vacía de contenido la representación colectiva. No es torpeza: es método, generando despidos encubiertos por el sindicato y la empresa CARREFOUR
La situación se agravó aún más cuando, en el día de hoy, una trabajadora —Yesica Yoseli— se presentó a cumplir normalmente sus tareas y fue despedida sin causa. El mensaje es claro: disciplinar, generar miedo y advertir qué pasa cuando no se acepta el “arreglo” que otros negocian por vos.
Nada de esto ocurre en el vacío. En la sucursal existe un delegado con mandato vigente, perteneciente a la Lista Negra y Roja, que viene denunciando estas maniobras y defendiendo la organización real de los trabajadores. Sin embargo, en lugar de respetar esa representación, la empresa y sectores de la burocracia sindical optan por el atajo: negociar con quienes garantizan silencio y obediencia.
El trasfondo político es innegable. Campana se encamina a un nuevo escenario electoral, con una impugnación pendiente por irregularidades en comicios anteriores. En ese contexto, la burocracia sabe que perder el control del lugar de trabajo es perder poder. Y cuando el poder se ve amenazado, aparecen los arreglos, los despidos y la presión.
Estos hechos ya fueron denunciados ante la Secretaría de Trabajo como prácticas desleales sindicales, y se solicitó la intervención del Estado para que inspeccione y deje constancia de lo que está ocurriendo. Porque cuando la burocracia actúa como socia de la patronal, el conflicto deja de ser interno y pasa a ser institucional.
La historia se repite: cuando los trabajadores empiezan a organizarse de verdad, aparecen los mismos de siempre a frenar, negociar por abajo y garantizar que nada cambie. Pero también se repite otra cosa: cada vez son más los que ya no aceptan ese juego.
Campana hoy no es solo un conflicto local. Es una postal de cómo actúa la burocracia sindical cuando siente que el control se le escapa de las manos. Y también es una señal de que comienza un proceso electoral sin precedentes.

